Tercer libro que leo acerca del tema del abuso sexual en Chile y segundo respecto al mismo caso. Y a pesar de ya haber tenido conocimiento, no deja de sorprenderme.
Este libro está escrito por una periodista, María Olivia Monckeberg, a diferencia de El fin de la inocencia, que era relatado en primera persona por una de las víctimas, Juan Carlos Cruz. Se nota el gran trabajo de investigación que debió haber detrás, las horas de entrevista y de estudio.
A estas alturas dudo que alguien no conozca el caso Karadima, sin embargo sorprende no solo la crudeza de los testimonios de los afectados, sino el entramado enfermantemente turbio que tejió la iglesia católica para perpetuar la situación y hacerse los locos olímpicos durante CUARENTA AÑOS. Sí, por la conchesumadre, CUARENTA AÑOS. CUARENTA.
Quizás sea técnicamente correcto hablar de víctimas, pero no me gusta el concepto. Los cuatro denunciantes ya tienen que haber sufrido bastante como para tener que andar con el cartel de víctima colgado todo el tiempo.
La pregunta que se extiende a lo largo de todo el libro es ¿cómo pudo ser que la situación se prolongara por tanto tiempo? Es que a primera vista resulta inverosímil, pero leyendo el contexto uno se da cuenta de la presión a la que estaban sometidos todos. Impresiona la cierta posibilidad de que hasta el año 2010 se siguieran cometiendo los mismos abusos.
¿Cómo es posible que alguien tan siniestro actuara a vista y paciencia de todo el mundo y que nadie dijera nada? Pero la sorpresa es que eso no es tan así, sí se dijo y lo indignante es que los que podían haber hecho algo, como Francisco Javier Errázuriz, o Fresno en su época, no hicieron absolutamente nada.
Me impresiona y me indigna que la iglesia católica se crea con el derecho de estar por encima de los demás, que tengan su propia justicia y sus propios sistemas. ¿Por qué no limitarse a la justicia ordinaria, la que –se supone– debiera ser igual para todos? En alguna parte del relato aparece que el abogado de los denunciantes pidió documentos que el propio Karadima había expresado facilitar, pero su abogado negó. ¿Cómo es posible?
Creo en la libertad de cada persona de creer en lo que quiera y como quiera. Pero cada vez me convenzo más de que es tremendamente nocivo educar a los niños en cualquier religión, y más aún, si se trata de la católica. Las personas debieran, libremente y cuando ya tienen un criterio formado, elegir en qué creer. Me parece perverso moldear a las personas bajo el prisma de tan aberrantes creencias que, para mí y muchos, no pasan de ser meras creencias.
Siempre he pensado que los curas y monjas católicos tienen todos una teja corrida. Me formé en colegio católico y guardo el peor recuerdo de las misas obligadas, las clases de catequesis obligatorias hasta cuarto medio (con la presión de que si tenías promedio rojo en religión te echaban del colegio, a pesar de que ese promedio no influía para el ministerio de educación), y la obligatoriedad de prepararse para la confirmación aun habiendo explicitado la voluntad de no querer confirmarme.
El sexo es algo tan básico, tan natural y tan necesario que siempre he pensado que por ahí va el trastorno de curas y monjas a quienes se les prohíbe cualquier alusión. Si para ellos es algo malo, culposo, secreto, oculto y prohibido, imaginen lo que proyectan en los miles de estudiantes a los que forman todo el tiempo.
Agradezco el ejercicio del periodismo, agradezco a las personas que se han atrevido a denunciar, exponiendo partes muy íntimas de sus vidas y sometiéndose a descalificaciones muy crueles y viles por parte de la misma iglesia.
Recomiendo mucho que lean estos testimonios. Son duros, pero creo que la información es LA forma que tenemos como ciudadanos comunes y corrientes de estar alerta, abrir los ojos e intervenir si vemos algo raro, sea donde sea.
¡A informarse!
Reseña de El fin de la inocencia, de Juan Carlos Cruz.
Reseña de Agua fresca en los espejos, de Vinka Jackson.

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