Como ya había leído al autor Ian Gibson como biógrafo de Federico García Lorca, al saber que también había escrito acerca de Salvador Dalí no lo dudé ni un segundo y me puse a leer “Dalí joven, Dalí genial”. No defrauda, es lo primero que debo decir.
Minucioso, detallista, pero no por eso aburrido ni mucho menos, Ian Gibson tiene la gran habilidad de llevarnos por la vida de Dalí como si estuviésemos al lado del genio, como una sombra. Para mí, que no tenía mayor conocimiento del pintor, aparte de lo obvio y que sabe todo el mundo, fue como un descubrimiento lograr entender sus pinturas. Gracias a las explicaciones y contextos que nos va dando, resulta muy fácil y motivante ir desentrañando cada uno de los detalles que aparecen en los cuadros de Dalí.
No sabía por ejemplo, que en lo personal, se trataba de una persona muy tímida, patológicamente tímida y con enormes trabas respecto a la sexualidad en general y a su vivencia en particular. Todo eso se ve plasmado en sus pinturas, y tal como nos cuenta el autor, se trata del primer artista que hace de la masturbación el motivo central de sus obras. Curioso, por decir lo menos.
Se nos muestra a un Dalí que se sabe un genio, que no duda en dedicarse en cuerpo y alma a lo que más ama, que es pintar y que es obsesivo en sus relaciones, tanto con su familia, amigos y Gala, su pareja.
Si hay algo que “reprochar”, muy entre comillas, es que estaba yo muy feliz leyendo –en formato electrónico, claro- y de pronto, ¡plaf! ¡a las 400 páginas se termina el libro! Nos narra, tal como dice el título, al Dalí joven, llega hasta antes de los 30 años y de pronto, ¡se terminó! ¡Me quedé con ganas de más! Se me hizo muy corta la biografía.
Pero de cualquier manera, es excelente. La recomiendo 100% y de 1 a 7 obviamente le doy un 7.
Algunas citas
A Dalí le gustaba decir que llamarse Salvador era un indicio de que estaba llamado a salvar el arte moderno.
En su familia y la de su primo, añadía, nunca se usaba el castellano porque esta lengua se asociaba con el colegio, con la represión.
Estamos en un vasto teatro natural de ilusiones ópticas que influyó poderosamente en la sensibilidad de Dalí.
El vestir es esencial para triunfar –manifestará en 1952– . En mi vida son raras las ocasiones en que me he envilecido vistiendo de paisano. Siempre voy de uniforme de Dalí.
Dalí sería el único pintor de toda la historia del arte que hiciera de la masturbación uno de los temas centrales de su obra.
Una de las preocupaciones principales del pintor (además de otras artísticas, totalmente románticas y nobles) es que la gente le encuentre fascinante, diferente, raro.
Estoy locamente enamorado de mí mismo.
Dalí sabe, a los dieciocho años, que ha nacido con el don sagrado del arte y que realmente ya no necesita clases de nadie.
Si Dalí tenía veleidades de escritor, Lorca las tenía de dibujante. Uno y otro vivían a la máxima velocidad creativa. Tanto el granadino como el figuerense gozaban de un gran sentido del humor. Y ambos padecían una sexualidad conflictiva.
El fenómeno poético en su totalidad y “en carne viva” surgió súbitamente ante mí hecho carne y hueso, confuso, inyectado de sangre, viscoso y sublime, vibrando con un millar de fuegos de artificio y de biología subterránea, como toda la materia dotada de la originalidad de su propia forma.
Es como si, entre líneas, Lorca le estuviera sugiriendo al Dalí de “alma higiénica” que no tema tanto perder el control, que se atreva a aventurarse por los territorios del corazón tal vez peligrosos pero también potencialmente creativos.
Artística –horrible palabra que sólo sirve para señalar las cosas que carecen totalmente de arte.
La revulsión o angustia que producía en Dalí la idea de los genitales femeninos era tan intensa como la que experimentaba Lorca, y nunca le abandonaría. En cuanto a la masturbación, iba a constituir siempre su principal válvula de escape sexual.
Ver es inventar, recalca Dalí.¡Las cosas tienen autonomía, tienen el derecho de ser ellas, de, si quieren, metamorfosearse libremente! ¡Una nariz puede ser un sillón!
Llegado el verano de 1930, Dalí ya ha inventado el que denomina “pensamiento paranoico-crítico”, en el que la imagen doble desempeña un papel fundamental.
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