jueves, 30 de abril de 2015

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

el amor en los tiempos del colera reseña libroA estas alturas, parece que cualquier libro de García Márquez puede ser considerado como un clásico. Varias veces intenté leer Cien años de soledad, pero para horror de michos de mis amigos lectores, nunca me la pude con esa novela. Simplemente no me enganchaba y la abandonaba en la página veinte o treinta.


En las pasadas vacaciones, conversando acerca de libros y escritores geniales, alguien comentó que sí, le había gustado mucho Cien años de soledad, pero que definitivamente había caído en éxtasis con El amor en los tiempos del cólera. Y bueno, pensé, a lo mejor esa novela sí me gusta. Y empecé, como empiezo muchas veces, con más entusiasmo que esperanzas. Y me llevé una gratísima sorpresa porque me gustó, ¡y mucho!


Lo primero que me llamó la atención fue darme cuenta de que había estado leyendo a algunos europeos y orientales y sentí, al leer a García Márquez, que era como "volver". Algo tienen los escritores latinoamericanos que me hacen sentir "como en casa". Seguramente tenga todo que ver que soy latinoamericana, pero me pasa que cuando leo a autores europeos o gringos, me falta esa complicidad, ese reconocimiento, la calidez. Y García Márquez tiene todo eso y de sobra.


La novela nos cuenta la historia de amor de Fermina Daza y Florentino Ariza. Vivieron un amor inocente y febril cuando jóvenes que, por diversas causas no pudo ser. Ella se casó con un prestigioso doctor, Juvenal Urbino, y él -Florentino- hizo su vida esperándola.


La obra se sitúa en el Caribe a fines del siglo XIX y principios del XX. No tengo idea si el pueblo existe en realidad, pero poco importa. Retrata una sociedad como las antiguas, en donde los apellidos son importantísimos y aparentar importa más que ser. Se filosofa acerca del amor, la vejez y la muerte todo el tiempo y, a pesar de mostrarnos una realidad cruda, el autor se las ingenia para mezclar mucho humor y crear personajes reconocibles y queribles.


[spoiler title="Mostrar texto (Ojo que acá cuento parte del libro, no expandir si no quieres saber.)"]Me reí muchísimo con la característica intrínseca de Florentino de ser un romántico empedernido, tanto así que le generaba un enorme problema en su trabajo, porque no era capaz de redactar informes oficiales que no fueran románticos.  El tío León XII es otra fuente de situaciones hilarantes, como cuando alguien le comentó que era posible romper un florero con la potencia de la voz; siempre lo intentó y sus amigos le traían de los viajes los floreros más insignificanetes, pero por más esfuerzos que realizara, nunca pudo quebrar uno. O cuando se cuenta que, a propósito de que Florentino tiene que ir al dentista a hacerse una placa dental, el tío insiste en que se haga dos, porque una vez cantando en un barco, le sucedió que cantó con tal entusiasmo que la placa se le salió y cayó al río. Además podía mandar a hacer una con materiales baratos para uso diario y otra "de lujo" para los domingos. [/spoiler]


Los personajes también están magistralmente descritos, así como sus sentimientos y evolución. Y no solo hablo de una impecable construcción de los personajes, sino de la novela completa, en donde comienza con Fermina y Florentino ya viejos y luego el autor nos lleva por un paseo a lo largo de sus vidas con tal destreza que, a pesar de algunos saltos en el tiempo o del cambio de narrador, uno no pierde el hilo de la historia.


El final es bello, me gustó muchísimo. [spoiler title="Mostrar texto. Acá cuento parte del final, no expandir si no te quieres adelantar."]No sé por qué estoy internamente configurada como para esperar finales trágicos, entonces sufrí al pensar que el barco se hundía o la pareja decidía suicidarse, pero García Márquez me dejó con un final dulce, sin ser cliché. Lindo, sencillamente. [/spoiler]


Por supuesto que de 1 a 7 le doy un 7.


Algunas citas (muchas ya se han convertido en memorables)




Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.


Cada quien es dueño de su muerte, y lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor.


Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.


Es una lástima encontrarse todavía con un suicidio que no sea por amor.


Por pura experiencia, aunque sin fundamento científico, el doctor Juvenal Urbino sabía que la mayoría de las enfermedades mortales tenían un olor propio, pero ninguno era tan específico como el de la vejez.


La gente que uno quiere debería morirse con sus cosas.


Los síntomas del amor son los mismos [que los] del cólera.


Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas -le decía-, que estas cosas no duran toda la vida.


Lo único peor que la mala salud es la mala fama.


Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.


Mierda -murmuró dormido-, se murieron los muertos.


No se permitió el mal gusto de un remordimiento.


Yo veo mejor con las manos.


Se dejó llevar por su convicción de que los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos.


 Rico no -dijo-: Soy un pobre con plata, que no es lo mismo.


Florentino Ariza escribía cualquier cosa con tanta pasión, que hasta los documentos oficiales parecían de amor.


Lo único que me duele de morir es que no sea de amor.


Había comprendido que un hombre sabe cuando empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre.


Le enseñó lo único que tenía que aprender para el amor: que a la vida no la enseña nadie.


El mundo está dividido entre los que tiran y los que no tiran. Desconfiaba de estos últimos: cuando se salían del carril, era para ellos algo tan insólito, que alardeaban del amor como si acabaran de inventarlo.


Entendió por fin que se puede ser amigo de una mujer sin acostarse con ella.


O se nace sabiendo o no se sabe nunca.


Las mujeres somos adivinas.


Estaba convencido de que una mujer que se acuesta con un hombre una vez seguirá acostándose con él cada vez que él lo quiera, siempre que sepa enternecerla cada vez.


Descubrió con un grande alborozo que los hijos no se quieren por ser hijos sino por la amistad de la crianza.


Quería encontrar la verdad, y la buscaba con unas ansias apenas comparables al terrible temor de encontrarla.


Más vale llegar a tiempo que ser invitado.


¡Dios mío! ¡Esto es más largo que un dolor!


Se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna.


El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas.


Muy pronto se dio cuenta de que el deseo de olvidarlo era el más fuerte estímulo para recordarlo.


Habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta de que el amor era el amor de cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte.


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