Título: Todo cuanto amé
Autor: Siri Hustvedt
N° páginas: 473
Me gusta cuando las historias logran traspasar el papel. Cuando uno se adentra tanto en la historia que es capaz de sentir dolor, miedo, rabia, pena o ira según los personajes. Eso me pasó con esta novela. Trata de la vida de dos familias: la de Leo, Erica y su hijo Matt; y por otro lado la de Bill, Violet, la ex esposa de Bill, Lucille y el hijo que ambos tuvieron, Mark.
La autora en esta oportunidad elige contarnos la historia desde el lado masculino, Leo, quien encuentra unas cartas de Violet a Bill y a partir de ahí nos lleva por un paseo por sus años viviendo en Nueva York.
Se me hace difícil escribir una reseña sin dar detalles que adelanten la historia a quien no la ha leído, pero puedo decir que me conmovió la descripción de la amistad que tienen los cuatro adultos protagonistas. Cómo, ante un hecho que cambia radicalmente la vida de una de las parejas, la otra siempre está ahí, apoyando en todo. Se da cuenta de esa sensación de que luego de un hecho traumático nada puede volver a ser como antes, a pesar de que se retome la rutina, es como si quedara un velo que separa el antes y el después. El antes parece muerto, está muerto. El después es vacío.
También se nos muestra a través de uno de los personajes la maldad, sin adornos. Esa que pareciera ser intrínseca de algunas personas, que ni siquiera la perciben como algo malo, sino como sencillamente ser. El aburrimiento y hastío de los jóvenes gringos. Esa sociedad en donde a nadie le importa nada más que la propia satisfacción. La incomunicación, el no saber relacionarse, a pesar de vivir en una misma casa. La falta de empatía. La profunda desesperanza.
Me llama la atención, no solo en esta novela, la falta de pasión que se describe en los personajes, en la sociedad, en las situaciones. Pareciera que la pasión estuviera limitada única y exclusivamente al sexo. No leo pasión en ninguna otra actividad, ni en el trabajo, ni en el diario vivir, ni en las relaciones de amistad, por muy profundas que sean. ¿Será que la sociedad yanqui es de por sí desapasionada? ¿desesperanzada? Es como si vivieran desconectados cabeza y corazón, en todo lo que hacen.
Tal como la otra novela que leí de esta misma autora (El verano sin hombres) el texto es entretenido, rápido y fácil de leer. Tiene buen ritmo y buena narración, a mí al menos sí me provocó el efecto ventosa que algunos libros tienen, que me atrapan y no los puedo soltar hasta terminar. Pero no dejo de quedarme, por segunda vez, con un dejo amargo.
De 1 a 7 le doy un 6.
Algunas citas:
(…) encanto: esa misteriosa cualidad de atracción que seduce a los extraños.
Ese es el problema de observar las cosas: nada resulta del todo claro.
Los sentimientos y las ideas modelan lo que tenemos ante nosotros.
Olvidar –dije yo– forma probablemente parte de la vida tanto como recordar. Somos todos amnésicos.
El nacimiento es un suceso violento, sangriento y doloroso, y no hay retórica que pueda convencerme de lo contrario.
(…) tuve suerte de no ser joven, porque ello me permitió saber lo que de otro modo podría habérseme escapado, y es que había alcanzado mi felicidad.
Siempre he pensado que el amor prospera si se somete a cierta distancia; que exige una cierta separación respetuosa para perpetuarse.
La envidia y la crueldad son acompañantes inevitables de la fama, por modesta que pueda ser.
Creo que cuando se es joven resulta más difícil saber lo que se quiere, saber en qué medida está uno dispuesto a aceptar a los demás.
No es “pienso, luego existo”. Es: existo porque tú existes. Eso sería Hegel… bueno, digamos que en versión abreviada.
Estamos entremezclándonos de modo constante con los demás. A veces es normal y bueno, y otras veces resulta peligroso.
Su falta de resistencia a las aproximaciones de Matt constituía en sí misma una muestra de afecto.
No sabíamos cómo renunciar a él. Cómo existir.
No me dejaré consolar. Por perverso que aquel anhelo pudiera ser, yo lo percibía como un salvavidas, como el último retazo de certidumbre que aún me restaba.
Lo que ninguno de los dos podía saber era lo que el otro omitía. Toda correspondencia se halla agujereada por perforaciones invisibles, por los diminutos orificios de lo que no está escrito, pero sí pensado.
Las mentiras siempre son dobles: lo que uno dice coexiste con lo que no dice pero podría haber dicho.
Las mentiras más espectaculares en absoluto necesitan ser perfectas. No dependen tanto de la habilidad del embustero como de las expectativas y los deseos del oyente.
La verdad era mudable y contradictoria, y yo estaba dispuesto a vivir con ello.
Todo adulto se halla inevitablemente acechado por el niño que fue en otro tiempo, incluso cuando esta identidad anterior ya no resulta reconocible.
El rencor posee nitidez, así como una intensidad de la que la compasión carece.
Nos habíamos visto separados por la ausencia, pero esa misma ausencia nos había encadenado el uno al otro para toda la vida.
Es como si nunca hubiera comprendido los símbolos: como si le faltara la estructura de las cosas. Sabe hablar, pero se limita a servirse de las palabras como un medio de manipular a los demás.
La gente cree que existen diferentes grados de esperanza, pero yo no opino así. Existe la esperanza y existe la desesperanza.
La demencia se mide en grados, la mayoría de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, incurrimos en ella, de un modo u otro.
Yo intentaba portarme bien con él, pero es difícil apreciar a alguien que se comporta tan espantosamente contigo, aunque se trate de un crío de seis años.
No estoy entera, ¿comprendes? Estoy rota.
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